CONFIRMADO me propuso este tema. Pensé entonces que era la oportunidad
para ofrecer una respuesta, entre las muchas que pueden articularse, a
un interrogante que plantea José Luis de Imaz en Los que mandan; "¿Por
qué, no obstante su peso económico, su rol en la modernización, y
haber sido innovadores tecnológicos, los empresarios no pesan en la
vida del país?".
O pesan al revés. Este es el caso de ciertos tipos de grupos
económicos capitalistas, adscriptos a la política de la Sociedad
Rural, ya consolidados dentro del viejo sistema agro-importador, que
prefieren un mercado interno pobre en condiciones de monopolio a un
mercado en crecimiento en condiciones de competencia, como los que
apoyaron la política de contención del progreso en las Juntas
Reguladoras de la Década Infame. Sólo que éstos sí saben lo que
quieren.
(Revista Confirmado)
Junio 1966
Pero no voy a hablar de economía, sino del tema propuesto; de la forma
en que la tilinguería impone sus pautas, y cómo ellas están
perturbando el desarrollo de la inteligencia nacional y sus impulsos
creadores.
Y ésta es cosa de que debe tomar cuenta también el político militante,
si es que no sabe que el comité ha muerto definitivamente. Porque los
estados de opinión, entre los cuales tiene importancia fundamental el
slogan que surge de la cuestión de los status, pesan mucho más que una
recluta que sólo vale para las elecciones internas.
En el Espasa Calpe se lee tilingo: "Argentinismo: Insustancial,
ligero, que habla muchas tonterías". Segovia, en su Diccionario de
Argentinismo", expresa: "Dícese de la persona simple y ligera que
suele hablar muchas tonterías".
Los paisanos, de un tipo así, dicen; "Hombre sin fundamento".
Don Hipólito -desde luego, Yrigoyen es el Hipólito por antonomasia-
decía "palangana". Supongo a esta expresión tradicional y fundada en
la poca cosa y mucho ruido de la enlosada al caer retumbante.
Usted lo conoce al tilingo. Y si no lo conoce, ahí lo tiene al lado,
en esta mesa de un café céntrico donde se han sentado cuatro o cinco
tipos con portafolios.
Algún día habrá que escribir la historia del hombre del portafolio.
Hubo la etapa de la posguerra con los "ingenieri" italianos recién
llegados que escondían bajo el cuero -con una sugestión de planos y
patentes de invención- el sandwich de milanesa del almuerzo. Ahora es
posible que el portafolio contenga la cuarenta y cinco persuasiva, o
la concluyente tartamuda portátil.
Pero esos que están en la mesa de al lado sólo llevan allí sueños,
proyectos, hipotéticas transacciones. Andan a la búsqueda de enganchar
algo, intermediar en alguna operación cualquiera para ganar una
comisión, y muchas veces intermediando entre intermediarios.
Generalmente se ayudan con el teléfono de un amigo que tiene
escritorio y al que han pedido permiso para que les "dejen dicho". Ese
teléfono, la mesa del café y el portafolio constituyen su
establecimiento comercial.
Mientras llega "el asunto*', hablan de fútbol, de carreras, de
política, de economía.
Cuando tocan estos dos temas últimos, nunca faltará quien diga: "Lo
que pasa es que los obreros no producen". Ahí está el tilingo.
No se le ha ocurrido averiguar qué es lo que él produce y qué producen
todos ellos, puntas sueltas, mallas erradas en la enorme red de
intermediación que es Buenos Aires.
Que un tipo que no produce diga, en una reunión de tipos que no
producen, que no producen los únicos que producen algo, es
tilinguería. En esto de producir, tenemos muchos productores rurales
por el estilo que creen que la condición de productor la da la
propiedad de una estancia, unos breeches y unas botas de polo, que
viven en la ciudad -"porque mi señora dice que hay que educar a los
chicos"- y dan una vuelta por el campo cada quince días. Productores
rurales son los que trabajan y producen en el campo, que pueden ser
patrones o peones, pero no los que no intervienen en la producción
sino como propietarios, y que son rentistas aunque no arrienden. Estos
también son de los que dicen que los "obreros" no producen. Y ya no
desde la posición marginal del tipo del portafolio, sino empinándose
como "fuerza viva" sobre la que descansa la economía del país.
Inevitablemente, éstos y otros representantes de la tilinguería son
los que, ante la menor dificultad, califican al país: "Este país . de
m...", colocándose fuera del mistao a los efectos de la adjetivación.
Y la verdad es que el país lo único que tiene de eso son ellos: los
tilingos.
EL racismo es otra forma frecuente de la tilinguería.
La tilinguería racista no es de ahora y tiene la tradición histórica
de todo el liberalismo. Su padre más conocido es Sarmiento, y ese
racismo está contenido implícitamente en el pueril dilema de
"civilización y barbarie". Todo lo respetable es del Norte de Europa,
y lo intolerable, español o americano, mayormente si mestizo. De allí
la imagen del mundo distribuido por la enseñanza y todos los medios de
formación de la inteligencia que han manejado la superestructura
cultural del país.
Recuerdo que cuando cayó Frondizi, uno de esos tilingos racistas me
dijo, en medio de su euforia:
-¡Por fin cayó el italiano! Se quedó un poco perplejo cuando yo le contesté:
-¡Sí!, lo volteó Poggi.
Muchos estábamos enfrentados a Frondizi; pero es bueno que no nos
confundan con estos otros que al margen de la realidad argentina, tan
italiana en el presidente como en el general que lo volteó, sólo se
guiaban por los esquemas de su tilinguería.
Ernesto Sábato, con buen humor, pero tal vez respirando por la herida,
ha dicho en Sobre héroes y tumbas más o menos lo siguiente: "Más vale
descender de un chanchero de Bayona llamado Vignau, que de un profesor
de filosofía napolitano". La cita me chocó en mi trasfondo tilingo
(fui a la misma escuela y leí la misma literatura) porque tengo una
abuela bearnesa también Vignau, tal vez más que por lo de Bayona, por
lo de chanchero (vuelvo a recordar que fui a la misma escuela,
etcétera).
La verdad que ni el presidente ni el general son italianos.
Simplemente son argentinos de esta Argentina real que los liberales
apuraron cortando las raíces.
Pero la idea liberal o sarmientina no era ésa. Ella tenía, y tiene,
una escala de valores raciales que se identifican por los apellidos
cuando son extranjeros. Arriba están los nórdicos -con escandinavos,
anglosajones y germánicos-; después siguen los franceses; y después
los bearneses y los vascos; más abajo los españoles y los italianos, y
al último, muy lejos, los turcos y los judíos. Cuando yo era chiquilín
nunca oí nombrar a un inglés -que generalmente era irlandés, pero la
diferencia era muy sutil para entonces- sin decir "Don", aunque
estuviera "mamao hasta las patas". El francés, a veces, ligaba el Don;
y en ocasiones, el vasco. Jamás el español, que era "gallego de...",
lo mismo que el italiano "gringo de...". ¡Para qué hablar del turco y
del ruso.'
En La condición del extranjero en América, Sarmiento parece revisar
sus tesis sobre la inmigración. Pero no nos engañemos: se sintió
defraudado por la misma porque vino del Mediodía de Europa. El hubiera
querido una inmigración de arquetipos, y los arquetipos son los que
estaban en lo alto de su escalera antiamericana y antiespañola.
Afortunadamente fracasó, y eso es lo que nos ha salvado como nación.
En algún lugar he recordado las palabras de Hornero Manzi cuando me
dijo:
-Lo que nos ha salvado es la actitud del italiano y el turco, que en
lugar de proponerse como arquetipos, propusieron como tal al gaucho;
así, en el ridículo del cocoliche se nacionalizaron en lugar de
desnacionalizarnos.
Sólo falta imaginar lo que hubiera ocurrido si las pampas y las aldeas
se hubieran poblado de los ejemplares arquetipos deseados por ese
racismo, con la actitud de obsecuencia de las generaciones liberales
para todo lo foráneo.
Ya se ha dicho que esa tilinguería racista viene de lejos.
Pero se acentúa cuando se producen cambios sociales. Entonces, la
tilinguería se exacerba en una peyorativa actitud racista. Pasó con el
acceso al poder del radicalismo. Los tilingos de entonces cargaron el
acento sobre los apellidos italianos de la nueva promoción política
suscitada con el ascenso de la clase media: la pequeña burguesía
inmigratoria y los doctores de primera napa nacional,
La oposición conservadora adoptó un aire peyorativo que se tradujo en
toda una literatura política, que fue del periódico -La Mañana y La
Fronda, sucesivamente, fueron sus expresiones más calificadas- hasta
el discurso parlamentario. Se jugaba, por ejemplo, con la equívoca
significación de algunos apellidos; así, la triple fórmula
Coulom-Coulin-Culacciatti, que integraba, con la igual finalidad
peyorativa hacia los criollos desconocidos, don Julio del C. Moreno
-un personaje riojano- completaba el ridículo en la imagen anal. Hasta
cuando el apellido era patricio se lo modificaba para ponerlo a tono:
así, padeciendo Yrigoyen de un posible mal de las vías urinarias, el
doctor Meabe, su médico de cabecera, se convertía en el doctor Meabene
para adecuarlo a la cita siguiente que era la de un correligionario de
la 3a Don Plácido Meo.
En realidad, para los que lo escribían no se trataba de otra cosa que
de un recurso humorístico. Pero para el tilingo de entonces el
fundamento más real, el que más invocaba, el que más jugaba, era ese
de los "gringos", Y lo de "gringos" sólo jugaba para los descendientes
de inmigrantes provenientes del Mediodía de Europa. No para los otros.
Pasó mucha agua bajo los puentes, y vino otro movimiento
multitudinario: el de 1945. Ya los gringos se habían incorporado y su
presencia política no lesionaba a la tilinguería, no sé si es porque
de las nuevas promociones ascendentes habían salido también
promociones de tilingos. Sólo así puede explicarse que un hijo de
italianos -Sammartino- haya hablado despectivamente de los "negros" al
referirse al "aluvión zoológico", en una caracterización evidentemente
racial y peyorativa, cuando aún estaba fresca la tinta que lo había
calificado a él también peyorativamente.
Que "el gringuito" de unos pocos años atrás se sienta vieja clase
frente a los descendientes de los conquistadores en la confrontación
de sus apellidos no revela simplemente que "el gringuito" se ha
incorporado a la tilinguería. Lo grave es que se ha frustrado como
guarango. Y la guaranguería es la espontaneidad de las nuevas clases,
de las promociones que irrumpen con cada ascenso de la sociedad,
porque los dos grandes movimientos populares del siglo -el de 1914-16
y el de 1943-45- han sido la expresión de eso: de ascensos masivos.
No corresponde aquí desentrañar las raíces económico-sociales de los
dos hechos históricos; ni siquiera la coincidencia con las dos guerras
mundiales que nos aislaron de los países arquetipos en una neutralidad
intolerable para los tilingos, pero que dio las bases para una
consolidación propia.
Usted puede hacer un fácil test. Yo lo he hecho.
Sé que un fulano se ha gastado 15 millones de pesos en un departamento
de la Avenida del Libertador. Nos encontramos y le adivino la
intención de informarme de su compra, como corresponde al guarango.
Pero yo quiero saber si está frustrado como tal y lo madrugo
diciéndole antes de que me dé la noticia:
-Estoy muy afligido por un amigo que se ha gastado más de 10 millones
en un departamento de la Avenida del Libertador...
-¿Y por qué se aflige? -me pregunta inquieto. Le contesto:
-Y... porque la Avenida del Libertador no es "bien"...
-Pero entonces..., ¿qué es "bien"? -pregunta desesperado.
-"Bien" es de la plaza San Martín hasta la Recoleta, de Santa Fe al
Bajo. Y dentro de ese radio. "bien", "muy bien", el codo aristocrático
de Arroyo, como dice Mallea: Juncal, Guido, Parera. . .
Le veo en la cara al hombre que está desesperado. Y entonces, lo remato:
-La Avenida del Libertador es como tener un leopardo de tapicería
sobre el respaldo del asiento trasero del coche.
El leopardo lo tiró a la vuelta. Del departamento no sé.
Pienso que lo hecho es una crueldad, pero la investigación
"científica" es así.. ., cruel como la vivisección.
Yo quería saber si el hombre era un burgués con toda la barba o un
tímido burguesito en camino de terminar en tilingo. El que es
verdaderamente burgués sigue adelante, cumple su gusto, se realiza con
la arrogancia del vencedor y compra en la Avenida del Libertador,
precisamente porque es caro, porque acredita su victoria y la
prestigia ante los burgueses. Si quiere barrio, compra; y si quiere
apellido y mujer distinguida, compra también. Podría citar casos. Pero
no se achica, se disminuye; no se acomoda a los esquemas y
limitaciones de los tilingos.
De aquí que mientras en Europa y en Estados Unidos un banquero o un
industrial miran a un ganadero como un "juntabosta", aquí el ganadero
lo mira por arriba del hombro al empresario. Y el empresario, que
quiere ser "bien", se ve obligado a comprar estancia, a tener cabaña
-así sea de perros-, porque sólo por la Rural, y tal vez por el Kennel
Club, puede lograr ascenso social que apetece.
Lógicamente esta burguesía, desde que imita a la vieja clase, se
somete a todas sus normas y, por consecuencia, también en política.
Ese sometimiento y esa adhesión a las viejas clases -incongruente
económicamente- no sólo se ejerce verticalmente. También
horizontalmente, cuando contemplamos la geografía social del país.
Así, los titulares de los intereses vitivinícolas de Cuyo y los
tabacaleros, azucareros y fruticultores del Norte, que necesitan un
mercado interno de alto poder de compra -es decir, que el Litoral
desarrolle una política de alto nivel de vida-, están ligados
políticamente a los conservadores del Litoral, gobernados por
cabañeros e invernadores cuya tendencia es producir a bajo costo en un
mercado de poco poder adquisitivo para cumplir la función asignada en
la división internacional del trabajo como abastecedores ultramarinos
de las metrópolis. Esta incongruencia es difícil de explicar, pero no
son ajenos a ella el prestigio social del Litoral y la incapacidad
burguesa de los del interior en los respectivos grupos patronales.
Esta gente de Cuyo y del Norte es muchas veces portadora de apellidos
españoles de abolengo arribeño, de mucho mayor cotización histórica
que los abajeños del puerto. Pero queriendo asimilarse a la alta clase
del puerto se han sometido a las normas políticas e ideológicas de los
principales. De "bien" provincianos, quieren ser "bien" en la Capital.
¿Cómo extrañar entonces que los guarangos frustrados del Litoral se
hagan tilingos, si la misma tilinguería la padecen muchos
aristocráticos descendientes de la Conquista por el Perú?
La tilinguería cotiza una marca de vino, un tabaco, un pomelo, o una
palta, muy por debajo de un toro lleno de medallas. Se entra muy bien
en la alta sociedad llevando de la rienda al toro, pero es difícil
mostrando una botella de vino por lujosa que sea la etiqueta, por más
sugestiones de chateau que evoque, tanto en la presentación como en la
exquisita calidad del producto.
A un cuarto de siglo de la entrada del país al capitalismo, debemos
recordar que el capitalismo naciente en la Argentina fue ajeno en sus
hombres al hecho histórico que lo provocaba, produciéndose la paradoja
de que le correspondiese a la clase obrera abrir la etapa del
desarrollo económico burgués. Más aún: la nueva burguesía sigue aún
incapacitada para jugar su papel, y es precisamente porque en la
medida que asciende, pierde conciencia de su propia realidad para
hacer suya la imagen de importancia que le presenta el tilingo. Se
queda en el "medio pelo" y, rechazando el triunfo burgués, se adecúa
al remedo, a la imitación de la alta clase con la que cree tomar
contacto cuando se acomoda a la imagen de alta sociedad que le brindan
los declasados.
Hubo un tiempo en que los venidos a menos económica y socialmente se
jactaban de ser un pequeño sector domiciliado en el "Palacio de los
Patos" de la calle Ugarteche. Ahora se han multiplicado. desde detrás
de la Recoleta hasta San Fernando, a lo largo de las vías del Central
Argentino. (Lo designo así porque la nueva nominación ferroviaria es
completamente tilinga, aunque la hayan hecho los guarangos, lo que
prueba que, en esta materia, todos tenemos tejado de vidrio.)
Landrú ha identificado perfectamente los personajes describiendo en el
"gordi" y el "mersa" la oposición tilinguería-guaranguería. El
botellero próspero, con su Valiant resplandeciente, es feliz echándole
soda al vino de marca, ocupando las mesas de los restaurantes caros,
hablando fuerte de lo que dijo-"su señora", mientras "cena". Está en
el camino de constituir una burguesía. Todavía no tiene conciencia de
que constituye un sector de la sociedad correspondiente a una etapa de
la economía, y no ha alcanzado a comprender la correspondencia de sus
intereses personales con los intereses de su grupo. Hijo de sus
aptitudes capitalistas -aunque muchas veces también más de la
inflación que de su capacidad, o de equívocas actividades
comerciales-, está en el camino de constituir una burguesía. Pero en
el momento de definirse como burgués y adquirir la psicología
correspondiente, nota el contraste de sus gustos y normas con lo que
es "bien". Desde que se ha mudado al barrio Norte, desde Gerli o
Quilmes, y la "señora" ha olvidado la batea deslumbrada por la máquina
de lavar, ha hecho nuevos contactos que le dan la idea de una meta
social que tiene que alcanzar. Comienza él también a añorar la época
en que "el servicio daba gusto" y en que el obrero -el "negro"- se
mantenía "donde debe estar". Olvida de inmediato que es precisamente
ese cambio el padre de su prosperidad y de su posibilidad de acceso a
niveles más altos. Más aún. que el mantenimiento de ese cambio y su
profundización es su única garantía. Quiere dejar de ser "mersa" y
sólo logra ser "gordi". E inmediatamente tiene el complejo político
del "gordi", a quien comienza a imitar.
Y comienza a imitar a una imitación, tomando por modelo las malas
copias. Porque la tilinguería constituida por las "gordis" no es ni
remotamente la alta clase a la que cree aproximarse.
Desde la época en que los declasados se refugiaban en la calle
Ugarteche, todo el "Norte" liminar se ha llenado de falsos declasados.
Se ha constituido un sector social entero que vive en la convención de
que "todo tiempo pasado fue mejor" en aquella "Jauja" retrospectiva
-"cuando la tía Leonor tenía Lando"-; de miles de familias que se
aterran al recuerdo de un ascendiente que figuró algo en la segunda y
la tercera línea de los amanuenses de la oligarquía, Descendientes de
militares -un oficio generalmente despreciado por la alta clase-, de
secretarios de juzgados, directores de oficinas, bancarios pueblerinos
y hasta de conscriptos de Curu-malal, se han construido
imaginativamente un pasado señoril que tratan de revivir en una vida
forzada que absorbe casi todos sus recursos en gastos de
representación.----
Agradecemos la valiosa colaboración de Dn Javier Serra.
Marcos Juárez.Córdoba. Argentina