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La defenestración inmortal, por José Ballario

Las competencias del Tribunal Penal Internacional de Naciones Unidas,
con sede en La Haya, se extienden al procesamiento de individuos que
cometan "los más graves crímenes contra la comunidad internacional", y
resuelven que la pena máxima con que se podrá condenar a los
procesados será la cadena perpetua.

"La necesidad de crear un tribunal penal internacional de carácter
permanente derivaba de que, aunque teóricamente los crímenes de lesa
humanidad no prescriben y sobrepasan las jurisdicciones nacionales, en
la práctica resulta extremadamente difícil juzgar a quienes cometen
estas violaciones del Derecho Internacional Humanitario, pues casi
siempre conservan los suficientes resortes políticos como para eludir
la acción de la justicia. Ello se debe a que la mayoría de los casos
en los que se producen violaciones masivas de los derechos humanos
reconocidas como crímenes contra la humanidad, éstas se inscriben y
justifican en contextos de emergencias nacionales, insurrecciones,
guerras civiles (…) En dichas situaciones resulta muy difícil detener
a los culpables, detallar claramente los crímenes e incluso
identificar a las víctimas."1

Para juzgar y condenar más eficazmente los delitos contra los derechos
humanos, dadas las condiciones de impunidad en que suelen prosperar,
tal vez no sea mala idea incorporarle al Tribunal Penal Internacional,
una sub-división u organismo encargado de investigar acusar y condenar
(en caso de culpabilidad probada) a las personas ya fallecidas, pero
que por diversas razones no recibieron su merecida condena mientras
vivían. ¿Cómo es esto? La "defenestración de la memoria" propuesta,
está vinculada a la "ilusión de inmortalidad" que anida en el ser
humano, dado que algunas o muchas de las acciones significativas de su
vida, se vinculan de manera secreta o abierta con esa "esperanza de
trascendencia".

"Preguntamos: ¿Cómo se comporta nuestro inconciente frente al problema
de la muerte? La respuesta tiene que ser: Casi de igual modo que el
hombre primordial. En este aspecto, como en muchos otros, el hombre de
la prehistoria sobrevive inmutable en nuestro inconciente. Por tanto,
nuestro inconciente no cree en la muerte propia, se conduce como si
fuera inmortal. Lo que llamamos nuestro «inconciente» (los estratos
más profundos de nuestra alma, compuestos por mociones pulsionales) no
conoce absolutamente nada negativo, ninguna negación -los opuestos
coinciden en su interior-, y por consiguiente tampoco conoce la muerte
propia, a la que sólo podemos darle un contenido negativo. Entonces,
nada pulsional en nosotros solicita a la creencia en la muerte. Y
quizá sea este, incluso, el secreto del heroísmo. (…) El fundamento
racional del heroísmo reposa en el juicio de que la vida propia no
puede ser tan valiosa como ciertos bienes abstractos y generales.
Pero, a mi entender, lo que más frecuentemente sucede es que el
heroísmo instintivo e impulsivo prescinde de tal motivación y
menosprecia el peligro diciéndose sencillamente: «No puede pasarme
nada.» (…) La angustia de muerte, que nos domina más a menudo de lo
que pensamos, es en cambio algo secundario, y la mayoría de las veces
proviene de una conciencia de culpa."2

Luego de esta cita de Sigmund Freud, no creo que sea descabellado
suponer que obraría un desaliento en el partidario de las malas artes,
al saber que aunque goce de una relativa impunidad por estos tiempos,
cuando inexorablemente se le terminen los privilegios, y aunque no
crea en la justicia celestial, igualmente tendrá que rendir cuenta,
vivo o muerto, con la justicia terrenal, en lo relativo al recuerdo e
imagen que su generación y las venideras tendrán de él, sería como una
especie de "infierno eterno", pero mucho más concreto y creíble que el
mítico-religioso de antaño.

De hecho que las personas con su conducta (negativa o positiva) dejan
una mala o buena herencia a sus sucesores, y esto es solo
responsabilidad de dichas personas. Por lo tanto, la irradiación
negativa para con los familiares del sentenciado, como así también
otras derivaciones del litigio, no serían causadas por la "justicia
inmortal" sino que simplemente constituirían las tardías consecuencias
de las acciones delictivas del protagonista.

Cualquier padre impostor y a la vez poderoso que naturalmente deseara
dejarle una buena herencia a sus hijos, gracias a –por ejemplo– su
impunidad, habilidad o confianza para manejar u ocultar sus cosas
negativas, tendría bastantes chances de ver realizado su deseo, pero
si supiese con seguridad que la cosa continúa cuando ya no esté más en
este mundo, o en todo caso cuando flaqueen sus fuerzas, podría muy
bien cambiar de actitud, dado que tanto la herencia material, como la
simbólica, son "componentes trascendentes" muy importantes, a los que
solo excepcionalmente un individuo podría estar dispuesto a renunciar
o a ensuciar.

"Reviste máximo interés para nosotros el tratamiento que ha recibido
el tema de la duración de la vida y de la muerte de los organismos en
los trabajos de A. Weismann. A este investigador se debe la
diferenciación de la sustancia viva en una mitad mortal y una
inmortal. La mortal es el cuerpo en sentido estricto, el soma; sólo
ella está sujeta a la muerte natural. Pero las células germinales son
potentia {en potencia} inmortales, en cuanto son capaces, bajo ciertas
condiciones favorables, de desarrollarse en un nuevo individuo (dicho
de otro modo: de rodearse con un nuevo soma)."3

Los poderosos, debido a la insaciable sed de poder que los
caracteriza, suelen querer sortear los límites, chantajeando o
eliminando toda oposición, incluso a la misma justicia de ser posible;
muchos de ellos gozan de gran impunidad, pero una vez muertos, ya no,
entonces es en esta "dimensión complementaria" de la vida donde
vendría a actuar la justicia propuesta.

Con mucha probabilidad exista una relación más o menos proporcional
entre la sensación de poder que alguien experimenta, y su deseo de
perpetuar una buena memoria. Es decir, que a mayor poder e impunidad
de ciertos individuos, mayor serían las apetencias de que sus nombres
y obras perduren en el buen recuerdo de los hombres. Al procurar
inmortalizar en el recuerdo el respeto, la consideración y los
privilegios de los que gozaron en vida, estos personajes no harían
otra cosa que extender omnipotentemente su poder y existencia terrenal
a un más allá imperecedero.

En todo esto sucede algo parecido a lo que ocurre con la fantasía del
suicida, pero en forma inversa, dado que gran parte de la misma –en
forma conciente o inconsciente– se relaciona con el supuesto
"escenario de la vida" que queda con posterioridad a su muerte, y que
lo tienen paradójicamente a él, desde algún lugar, como observador
privilegiado; arrepentimiento, lástima, culpa, condena o reproches son
algo de lo que el sufrido sujeto, en su desesperación, busca
distribuir entre sus "deudos". Es entonces allí, a esa fantasmática
mental del sujeto afligido, a donde apuntan bastante eficazmente, los
encargados de la prevención de tan trágicos actos, dado que el
interpelar el mundo imaginario del afectado, es una probada manera de
desbaratarle el "plan", desalentándolo de su siniestra intención.

Por lo general, las instituciones judiciales actúan durante el lapso
vital de las personas, y casi todo prescribe con el deceso de las
mismas. La propuesta de este trabajo es extender la justicia penal,
para incluir un más allá de la vida y obra de cada individuo en lo que
respecta a sus conductas punitivas; si bien el sujeto en este período
ya no va a estar con vida, pero si lo habría podido imaginar
oportunamente mediante "sus inmortales fantasías anticipatorias".
Recordemos una vez más a Freud:

"La muerte propia no se puede concebir; tan pronto intentamos hacerlo
podemos notar que en verdad sobrevivimos como observadores."4

Entonces, la propuesta esbozada en estas líneas, consiste básicamente
en la institucionalización de una memoria activa y permanente
vinculada a los ítems delictivos que pesaren sobre el condenado, con
posterioridad a su muerte –dado que si todavía viviese sería procesado
de manera corriente–. La alternativa descripta exigiría que haya
organismos o instituciones que se encarguen de difundir la "obra" del
infractor fallecido, dado que –tal como vimos– la sola expectativa de
ese desenlace futuro ya generaría efectos desalentadores en la vida
del sujeto. Esta defenestración formal, apuntaría precisamente a lo
que seguramente siempre apuntó el culpable, pero con signo contrario:
de una anhelada y perdurable "buena fama" pasaría a obtener una "mala
fama".

La justicia inmortal planteada seguramente ha de ser muy eficaz,
debido a que ya no estarían las resistencias directas del sospechoso o
culpable, ni tampoco su poder, impunidad o habilidades de las que
otrora gozó.

La verdadera justicia, míticamente siempre ha sido la imperecedera y
religiosa, pero ante el desfallecimiento del espíritu religioso de
nuestra época, la moral quedó relativizada, materializada y
convertida en un bien transable más, y por ende al alcance del
infractor, quien puede –en determinados casos, aunque de grandes
consecuencias sociales– maquillarla, comprarla u obviarla. La opción
descripta, de instrumentarse, posiblemente esté destinada a alcanzar
un elevadísimo nivel de eficacia, debido a que cuando actúe ya no
existirá más el principal escollo para que se imparta justicia, que es
el sospechoso, acusado o culpable, y es por tal razón que la
ecuanimidad en esas circunstancias alcanzaría su máximo vigor.

Por último, cabrían al menos dos miradas sobre este asunto: por un
lado el proyecto aparenta ser absurdo, dado que la acción aparente es
"castigar a un muerto"; pero la otra visión nos permite ver que el
castigo se aplica de ese modo porque no se pudo efectivizar durante la
vida del delincuente y que no obstante es una medida aleccionadora
para los vivos que incursionan en el actual delito. Además la justicia
basada en la defenestración de la memoria viene a complementar y
agregar previsibilidad en ese fundamental ámbito de la vida social,
como es la seguridad de las personas y sus bienes.

Jorge Ballario
DNI 10.858.926

Psicólogo

jab53@arnet.com.ar

Otro inestimable aporte de Dn JAVIER SERRA desde Marcos Juarez.Córdoba.

1 comentario

Juan Pablo -

Con solo foijarse en las galerías fotográficas de muchos de nuestros supuestos "próceres" advertiremos la razón del articulista sobre estos personajes que se creen inmoratles e impunes en sus acciones. Sería necesario profundizar el tema y divulgarlo para que, aunque depues de muertos, estos "inmortales" sean perseguidos en la memoria del pueblo. Juan P.